Editorial
Algunas clarificaciones iniciales
Estamos ya en el debate respecto de la posibilidad de ampliar la despenalización del aborto. Lo primero que quiero señalar es que la argumentación sobre el particular debe asentarse en fundamentos que sean lugar de encuentro con todos. Las confesiones religiosas no podemos repetir el error de salir con la Biblia a la calle cuando la discusión debe darse en otros ámbitos y con otros argumentos de carácter secular.
Una elección difícil
Se presenta el tema de la interrupción del embarazo como una colisión de valores: la libertad de la mujer de disponer de su propio cuerpo, frente a la indisponibilidad de todo ser humano: en particular frente a los derechos del embrión, que es ya un ser humano. ¿Qué hacer? ¿Qué valor se privilegia? ¿El derecho a la vida ante todo o el derecho de la mujer que no quiere gestar a un hijo no deseado?
Esa vida que se está gestando es ya vida humana. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el ADN con la secuenciación del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser.
Argumentos de carácter social
Muchos de los argumentos a favor de despenalizar tienen que ver más bien con políticas de contención social: evitar abortos clandestinos, y de este modo asegurar un servicio que proteja la salud de la madre que, si no tiene dinero para pagar un aborto en una de las tantas clínicas que los hacen (con la complicidad de muchos que hacen como que no ven), puede ver seriamente comprometida su salud y su vida.
Pero analicemos un poco este argumento que sostiene que debería despenalizarse y hacerse gratuito para que haya igualdad de oportunidades, ya que hay mujeres que porque tienen dinero pueden violar la ley y se pueden hacer abortos seguros. El razonamiento es: como hay quienes tienen dinero para violar la ley, demos la posibilidad a todos para que lo puedan hacer. No actuamos así como sociedad en otros casos. Lo lógico es reclamar que todos cumplan la ley, que se sancione la corrupción, que se penalice a los que violan la norma. Pero no, aquí se razona de manera diferente: que todos podamos hacer lo penado de manera gratuita. Con lo que en realidad —tras esta excusa argumentativa de supuesta igualdad— se está diciendo: Es bueno el aborto, deberían dejar que lo hagamos en paz. Es mejor decirlo así, en vez de establecer esa racionalización de carácter seudosocial. Ahora, si ese es el fundamento dicho claramente, la pregunta sigue en pie: si ese otro no nacido aún es un ser humano, ¿qué me habilita a eliminarlo?
Algunas paradojas…
Paradójicamente, muchos de los que defienden la despenalización suelen presentarla asociada a la causa de la defensa de los derechos humanos. Es difícil entender cómo se pueden defender los derechos humanos y aceptar la legalización del aborto, que es —en la práctica— la interrupción de una vida. Aquí hay una incoherencia, porque o se defienden todos los derechos, y los derechos de todos, o entonces hay una mirada arbitraria.
Por otra parte, por definición, el único que puede violar los derechos humanos es el Estado. Los organismos de derechos humanos se constituyen en defensores justamente de los inocentes frente a los abusos del Estado. En el caso de la despenalización del aborto, se estaría autorizando al Estado a que deje indefenso a un ser humano en el seno materno. Algo contradictorio.
Y por casa…
Por otra parte, lamentablemente algunos de los que defienden tan a ultranza la vida desde la concepción —por lo general desde el seno de la Iglesia Católica—, en muchos casos, pareciera que defienden una suerte de “cruzada” más que a las personas concretas que están por nacer.
Sería más creíble, además, esta defensa si se hubiera visto siempre a nuestra Iglesia (jerarquía y laicado) más comprometida decididamente con todos los derechos humanos de todas las personas. Lamentablemente no ha sido así en épocas no muy lejanas (recordemos el ominoso silencio de gran parte de la jerarquía —y de laicos funcionarios— ante el horror del terrorismo de Estado). Algunos grupos dentro de nuestra Iglesia aún hoy son negativamente “selectivos” a la hora de defender derechos. Se pronuncian a favor de la vida, contra la despenalización, pero defienden a genocidas o muestran escasísima sensibilidad con las minorías y con los sectores más vulnerables y vulnerados de la sociedad.
De todos modos, más allá de lo que se pueda criticar, no se puede descalificar lo genuino de la defensa de la vida desde la concepción. Porque la cuestión de fondo es clara: ¿es un ser humano ese ser que ha sido concebido? Si la respuesta es sí, surgen otras preguntas: ¿por qué, entonces, dar permiso para que se lo elimine? ¿Hay derecho a hacerlo?
Concluyendo
Creo entonces que el Estado debe proteger a las personas, a todas las personas, a las que —por unas u otras causas— desean abortar, y a las que no pueden pronunciar sus argumentos y serán los principales afectados: los niños por nacer. Y, en la disyuntiva, debe inclinarse por la protección de estos, que son los más indefensos.
Es clarísimo que la defensa de la vida humana desde la concepción no es una cuestión de fe. Es una cuestión humana, ética: ¿hay vida humana? Entonces el Estado debe defenderla y proteger sus derechos; como se deben proteger los derechos de los sectores más vulnerables y vulnerados de la sociedad, de los excluidos, las minorías, los desplazados. Porque —como se ha dicho— “el verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados”.
