Las maneras en que la población reacciona ante el impacto de los desastres son objeto de estudio en muchos lugares del mundo. Te contamos la experiencia de la docente e investigadora de la UCC Silvia Fontana.
En su tesis de maestría estudió el caso de la inundación de Santa Fe en el año 2003 de la que surgió el libro Sobre llovido mojado. Actualmente, junto a un grupo de la Facultad de Ciencia Política y Relacionales internacionales, están desarrollando proyectos como el Observatorio de gestión del riesgo de desastre y trabajan en analizar las capacidades institucionales del municipio de Córdoba para hacer frente al riesgo en catástrofes.
Para Fontana “las autoridades no se esconden y por lo general cuando surge un problema toman cartas en el asunto, pero de manera ineficiente porque no están preparados para eso”. Las acciones son aisladas, por eso a algunas zonas reciben más ayuda de la necesaria y otras se encuentran desatendidas.

No se puede evitar, pero sí mitigar sus consecuencias

La gestión del riesgo es un enfoque que busca identificar y disminuir vulnerabilidades, y aumentar la capacidad de respuesta de la población y los gobiernos ante una catástrofe. Se trata de una política que debe pensarse a largo plazo aunque lamentablemente hoy los gobiernos no están dispuestos a este tipo de acciones.
Las vulnerabilidades, son aquellas cuestiones que hacen que corramos más riesgos ante un hecho. En el caso de las inundaciones en Córdoba, podrían identificarse como la deforestación, la sojización, la pobreza, las obras públicas realizadas sin estudios de impacto, entre otros. En gran parte de los casos, es el ser humano con sus intervenciones el que ha vuelto vulnerable al ambiente.
La pobreza es uno de los grandes enemigos del desastre porque son los afectados que quedan en total desamparo y carecen de contactos y estrategias para hacer frente a lo que perdieron.
Por otra parte, ante la posibilidad de riesgo de desastres, los gobiernos deberían implementar protocolos de actuación, ya que estos establecen la forma de proceder ante cada situación: qué tipo de ayuda se necesita en un momento determinado, que no es la misma en un sismo, un incendio forestal o una inundación.
En momentos de crisis lo que se requiere es alguien que organice, determine y comunique cuáles son las necesidades. El problema surge cuando los gobiernos improvisan y la sociedad se encuentra en una encrucijada de no saber qué hacer.
En este sentido apunta Silvia Fontana “la ciudad de Santa Fe es una de las mejores preparada de Argentina, y eso surgió de la experiencia de 2003 y de 2007”.

El fenómeno de la solidaridad a nivel masivo

Vivimos en un mundo en el que la solidaridad no es moneda corriente, pero se conoce a nivel mundial que ante las grandes catástrofes la gente se vuelca a ayudar de manera masiva. Para la investigadora, se trata de una expresión de sociabilidad. El que no está afectado se siente en obligación de colaborar con el que sí fue damnificado. “Se da sobre todo en casos puntuales, frente a eventos que necesitan ayuda inmediata y que de alguna manera no son cuestiones estructurales sino coyunturales –apunta. En esos momentos de crisis la solidaridad se vuelve clave por eso también hay que prepararla y construirla”.
“Lo que nunca debe pasar en los desastres es que allí se diriman cuestiones políticas – refiere la investigadora. A veces los intendentes están peleados con el gobernador o entre ellos y la ayuda llega o no por razones políticas”.

¿Estamos preparados para las catástrofes?

Las consecuencias de las últimas inundaciones son vastas: perdida de bienes, infraestructura y sobre todo de vidas.
Para Carlos Catalini, ingeniero e investigador de la UCC y Director del Centro de la Región Semiárida del Instituto Nacional del Agua (INA-CIRSA), la sociedad no está en general preparada para los desastres naturales y no existe conciencia social en lo referente a las crecidas repentinas en ríos serranos. Tampoco hay una cultura de respeto de las normas o pautas ante emergencias. “las personas tienden a asumir su control sobre el medio natural o por lo menos subestimarlo”. En cambio, considera que Defensa Civil, Bomberos y las Fuerzas vivas, están preparadas para afrontar eventos de este tipo, “lo han venido demostrando en el transcurso del tiempo, no solo en inundaciones sino en incendios y otras calamidades. El problema a veces radica en la magnitud de la catástrofe (en relación a su impacto y la cobertura territorial) y la vulnerabilidad de la población expuesta”.
La cuenca de un río no se puede estudiar en forma aislada o sobre una localidad, sino en su totalidad porque los efectos siempre son desde arriba hacia abajo. Esto quiere decir básicamente que lo que hagamos en las nacientes de los ríos afecta lo que sucede en el resto y es por eso que no es recomendable entorpecer el escurrimiento natural de las aguas.
Catalini dirige un equipo de investigadores de la Facultad de Ingeniería que trabaja conjuntamente con la Municipalidad de Villa Carlos Paz, la Cooperativa Integral Regional de Provisión de Servicios Públicos, Vivienda y consumo Limitada (COOPI) y la Secretaría de Recursos Hídricos y Coordinación de la Provincia. “Lo que hacemos es para poder informar a la población amenazada acerca del acontecimiento o inminencia de un fenómeno peligroso real durante una emergencia hídrica en el río San Antonio y la Ciudad de Villa Carlos Paz, a través del Sistema de Alerta de Crecidas el INA-CIRSA”– aclara el investigador. El problema es que en las cuencas en las que ocurrieron las últimas crecidas no existe sistema de alerta operativo y por ese motivo no había información sobre ellas.
En opinión de Catalini lo primero que debe existir es una planificación territorial que permita identificar zonas bajo amenaza, y planificar su uso en función de esta información. No implantar infraestructura en dichas áreas dado que la vulnerabilidad de la misma sería elevada. No obstante, hay muchas regiones en las que se han instalado casas, barrios y hasta localidades en lugares que no son adecuados. En esos casos es fundamental zonificar y plantear los planes de contingencia ante eventos severos.

Manos a la obra
Docentes, egresados y alumnos en acción

“Yo lo ví al río, por allá vino, por allá se fue”… así lo vivió una niña de tres años de El Perdrel, uno de los barrios más afectados de Mendiolaza. Allí, la mayor parte de la gente ha perdido todo o casi todo. Muchos aún están shockeados por la situación y algunos aún no han podido volver a vivir en sus hogares. Tienen temores, angustia y ansiedad sobre todo con respecto a la posibilidad de que esto les vuelva a pasar.

Un grupo de integrantes de la carrera de Psicología de la UCC ya está interviniendo en terreno para ver las necesidades y asistir a la población de la zona. Las actividades que realizan están acordadas como complementarias de las que llevan a cabo los organismos estatales. Se trabaja con Salud Mental de la Provincia y el colegio de Psicólogos.

“Llama la atención cuánto han podido hacer algunos para recuperar su espacio – apunta Mónica Pan, docente de la carrera de Psicología y responsable de este programa de asistencia en el que participa la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UCC – sin duda, nada será igual para ellos a partir de aquí.”

Comenta Mónica que las tareas se centran en acompañar a las personas para promover y proteger su salud mental. Se realiza un trabajo grupal con niños y visitas a las familias y próximamente está prevista la incorporación de talleres. Simultáneamente, se brinda capacitación a egresados y alumnos avanzados en intervenciones psicosociales en comunidades que atraviesan situaciones críticas. Por el momento cuentan con alrededor de 20 colaboradores entre docentes, egresados y alumnos que asumen el compromiso de trabajar durante todo este año, con posibilidad de continuar en 2016.
En este proyecto están involucrada 14 cátedras de la carrera de Psicología que apoyan a los voluntarios. Se estima que a partir de este trabajo, seguramente van a surgir nuevas necesidades para lo que piensan articular con algunas iniciativas de proyección social dentro de la Universidad. La idea es generar acciones sólidas y que se sostengan en el tiempo.

“El trabajo grupal con niños es a través del juego y el dibujo para que puedan elaborar las situaciones vividas, fortalecer sus recursos de salud y que transiten esta situación de la mejor forma posible – puntualiza Mónica Pan. Hay que tener en cuenta que estos niños han perdido sus juguetes, sus cosas y han estado fuera de su casa”.
No obstante destaca que “los niños se expresan más fácilmente, pero los adultos han tenido que hacerse fuertes y eso hace que les cueste expresarse. Tienen la necesidad de pensar y conversar sobre lo que sucedió con personas que estén fuera de la situación, pero también necesitan hablar entre ellos por lo que se intenta promover esos espacios de comunión”.